
El streaming nació como un accidente feliz. Una persona frente a una cámara, sin permisos ni protocolos, hablando o jugando en tiempo real mientras alguien respondía desde un chat caótico. No había forma, no había estructura, no había plan. Había presencia. Y sobre todo, había algo que la televisión había perdido hacía años: riesgo.
Ese fue el streaming de nicho. El verdadero. El que no aspiraba a ser medio, sino momento.
Pero el problema de todo lo que funciona es que alguien quiere hacerlo durar. Y hacerlo durar casi siempre significa ordenarlo, medirlo y venderlo.
Conviene marcar una diferencia que suele diluirse: un streamer es una persona transmitiendo. Un canal de streaming es una organización. El primero existe mientras está en vivo; el segundo existe incluso cuando no pasa nada. El streamer se permite el vacío; el canal lo rellena. El streamer puede aburrir, equivocarse, desaparecer; el canal no puede darse ese lujo porque el vacío no factura.
Cuando los referentes del streaming de nicho crecieron en audiencia, en influencia, en ingresos, ocurrió algo previsible: dejaron de ser streamers y pasaron a ser empresarios del aire. No está mal. Lo problemático no fue crecer, sino qué hicieron con ese crecimiento.
En lugar de empujar el lenguaje, empujaron la estructura. En lugar de preguntarse qué más podía ser el streaming, se preguntaron cómo hacerlo funcionar todos los días. Y ahí apareció lo conocido: estudios, mesas largas, conductores con rol, programas extensos para justificar sponsors, horarios fijos y una obsesión heredada de la televisión tradicional: no dejar nunca un segundo sin contenido.
Así, el streaming argentino que prometía romper con la lógica televisiva, terminó reproduciéndola con fidelidad sorprendente. Televisión sin antena. Televisión con chat. Televisión diciendo, todo el tiempo, que no es televisión.
La ironía es fina pero cruel: quienes criticaban a la TV por rígida, lenta y previsible, construyeron formatos igual de rígidos, lentos y previsibles, apenas maquillados por una estética digital. El riesgo desapareció. El error se editó. El vivo se volvió seguro. Demasiado seguro.
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