50 AÑOS. Editorial de Nito Longo.

Hace 50 años, en el Golpe de Estado en Argentina de 1976, el miedo dejó de ser una sensación para convertirse en una forma de vida. Yo tenía 20 y algo. No hacía falta ser militante: alcanzaba con pensar distinto. Ese era el umbral. Y del otro lado estaban el secuestro, la tortura, la desaparición y la muerte.
Eso fue lo más profundo: la naturalización del terror. Aprender a callar, a medir cada palabra, a sospechar del otro y hasta de uno mismo. Un disciplinamiento social que no necesitaba explicarse, porque se sentía en el cuerpo.
Hoy reaparecen intentos de explicar aquello como una “guerra”. No lo fue. Porque hay una diferencia que no se puede borrar: no es lo mismo la violencia que surge en la sociedad que la violencia ejercida desde el Estado. Cuando el Estado se vuelve ilegal, cuando utiliza su estructura para secuestrar, torturar, desaparecer, robar bebés y suprimir identidades, rompe todo límite. No hay equivalencia posible. Si esa diferencia se pierde, quedamos atrapados en una confusión que solo sirve para justificar lo injustificable.
Tampoco fue un golpe más. La Argentina ya conocía interrupciones institucionales, veníamos de la Triple A, pero lo de 1976 tuvo otra escala y otra lógica: un plan sistemático para desarticular toda forma de organización social. No se persiguió solo a organizaciones, sino a trabajadores, estudiantes, militantes. Fue un intento de reconfigurar la sociedad desde el miedo.
Y ese proceso no estuvo aislado. Formó parte de una trama más amplia, donde potencias como EEUU operaron —directa o indirectamente— promoviendo políticas en América Latina que priorizaron sus intereses estratégicos por sobre la vida humana en nuestra región. Nombrarlo también ayuda a entender lo que hoy en día ocurre en otras regiones del mundo.
Hoy, a 50 años, siento que esta conmemoración debería parecerse más a un 25 de mayo: un punto de encuentro, no de apropiación. Porque el derecho a vivir y a pensar libremente no pertenece a ningún partido, religión ni gobierno; nos pertenece a todos.
Valoro la organización y la militancia joven. Lo hecho en estos días por la Multisectorial tiene un gran valor. Pero, cuidado: no es una consigna partidaria ni una propiedad sectorial. No es una torta que se reparte.
Es parte de nuestra historia.
Y escribirla exige transparencia y honestidad, no conveniencia.
Ni olvido, ni perdón. Memoria, verdad y justicia.
Nunca más!
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