Malvinas. El hito de la caída del régimen del ’76 Esitorial de Martin Gallastegui.

Esto no empezó en 1982…
Cada 2 de abril, la memoria colectiva se activa en torno a Malvinas. Se recuerda a los caídos, se honra a los veteranos y se reafirma un reclamo de soberanía que es histórico, legítimo e irrenunciable. Pero recordar no alcanza: también es necesario interpretar. Malvinas no puede pensarse por fuera del proceso político que la hizo posible.
A 50 años del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, la historia reciente exige ser leída sin fragmentaciones. Malvinas no fue una excepción ni un episodio aislado: fue parte del mismo proceso que instauró el terrorismo de Estado y que, en su fase final, dejó al descubierto sus propios límites.
En 1982, la dictadura militar atravesaba una crisis profunda. El deterioro económico, el aislamiento internacional, la pérdida de apoyo social y las denuncias por violaciones a los derechos humanos habían erosionado su legitimidad. A seis años del golpe, el llamado “Proceso de Reorganización Nacional” mostraba signos evidentes de agotamiento. No fue una gesta aislada. Fue una decisión política de un régimen en crisis.
La guerra de Malvinas fue una huida hacia adelante: el intento desesperado por recomponer legitimidad a través de una causa capaz de movilizar el sentimiento nacional. La soberanía sobre las islas fue utilizada como vehículo para un objetivo inmediato: recuperar apoyo social donde ya se había perdido. Esa decisión no fue un accidente, sino una consecuencia lógica del modo en que ese régimen ejercía el poder.
Una dictadura que desapareció a 30.000 personas, que se apropió de más de 600 niños y que hizo de la violencia un método sistemático, también fue capaz de enviar a miles de jóvenes a una guerra en condiciones precarias, sin planificación y con un desprecio evidente por sus vidas. No se trata de comparar hechos distintos, sino de reconocer un mismo patrón: cuando el poder pierde límites, la vida del pueblo pasa a ser descartable.
La guerra implicó, además, una ruptura con una tradición histórica del Estado argentino, que había sostenido el reclamo por Malvinas en el plano diplomático. El salto a la vía militar no solo fue irresponsable en términos estratégicos, sino también funcional a la necesidad del régimen de construir un relato épico que encubriera su propia crisis. Las consignas altisonantes contrastaban con una realidad mucho más cruda: improvisación, desigualdad de condiciones y, finalmente, derrota.
El resultado es conocido: 649 argentinos muertos, cientos de heridos y una sociedad golpeada. Malvinas no salvó a la dictadura; la expuso. Mostró con crudeza los límites —y las consecuencias— de un proyecto político basado en la violencia y la deshumanización.
A 50 años del golpe de Estado, la memoria no es pasado: es presente y es disputa. Malvinas no tapa la dictadura: la desnuda. Y la dictadura del 76 no puede comprenderse en su totalidad sin Malvinas.
Esta es la verdad completa.
Por eso no aceptamos que nos fragmenten la memoria, ni que se edulcore la guerra, ni que se relativice el terrorismo de Estado.
Malvinas es parte de nuestra memoria.
Y también es una herida sobre la que, como sociedad, seguimos diciendo: NUNCA MÁS.
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