¿Y si el problema fuera el exceso de resignación?

Por Natalia Porfiri

Hay una escena que se repite con frecuencia cuando compartimos tiempo con niños.

Descubren una hormiga que avanza sobre la vereda, una nube con forma de dragón, una hoja que cae de un árbol o una mariposa que se posa cerca. Se detienen a observar, preguntan, imaginan y se maravillan con una naturalidad que a los adultos suele enternecernos.

 

Entonces aparece la frase de siempre: "Qué lindo cómo se asombran los chicos."

La decimos casi como si el asombro fuera una cualidad exclusiva de la infancia y perderlo fuera una consecuencia inevitable de crecer. Sin embargo, quizás allí empiece uno de nuestros problemas.

Porque los adultos no dejamos de asombrarnos solamente frente a las cosas extraordinarias.

También dejamos de hacerlo frente a aquello que nunca debería parecernos normal. Nos acostumbramos a la violencia como forma de discutir, a la desigualdad, a la pobreza, a los chicos trabajando, a los discursos de odio y, quizás lo más preocupante, a creer que nada puede cambiar.

La resignación no llega de golpe. Se instala lentamente, casi sin que lo advirtamos. Empieza cuando repetimos que "siempre fue así", cuando concluimos que "no hay nada por hacer" o cuando aceptamos que "todos son iguales". Poco a poco dejamos de imaginar un futuro distinto y terminamos confundiendo el realismo con la resignación.

Tal vez por eso el exceso de resignación juegue en contra de la construcción de la esperanza.

No de un optimismo ingenuo, de esos que esperan que las cosas mejoren por sí solas, sino de una esperanza que nace cuando una sociedad vuelve a creer que la realidad puede transformarse.

Hace unos días escuché una frase que siguió resonando mucho después de terminada una jornada de formación política: "Nada es irreversible."

Podría parecer una expresión sencilla. Sin embargo, encierra una idea profundamente humana.

Si nada es irreversible, entonces ningún derecho conquistado estuvo garantizado para siempre.

Pero tampoco ninguna injusticia está condenada a permanecer eternamente.

La historia nunca avanzó porque el tiempo resolviera los problemas. Avanzó porque hubo personas capaces de imaginar una realidad diferente antes de que esa realidad existiera. Hubo un tiempo en que limitar la jornada laboral parecía imposible. Hubo un tiempo en que las vacaciones pagas eran una utopía. Hubo un tiempo en que las mujeres no podían votar. Hubo un tiempo en que la educación pública para todos parecía un privilegio reservado para unos pocos. Nada de eso ocurrió por inercia. Ocurrió porque alguien decidió no resignarse.

Quizás por eso me preocupa más el exceso de resignación que el exceso de conflicto. Las sociedades que discuten todavía conservan la posibilidad de transformarse; las sociedades resignadas dejan de construir futuro. Y el futuro nunca aparece por generación espontánea. Se imagina, se conversa y, sobre todo, se construye.

Tal vez el asombro no sea una virtud exclusiva de la infancia. Tal vez sea una forma de resistencia frente a la resignación. Porque cuando una injusticia deja de sorprendernos, también empieza a desaparecer la posibilidad de imaginar que podría ser distinta.

Y quizás sea allí, precisamente allí, donde comienza la esperanza.

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