Esitorial: La valentía de acompañar - Por Natalia Porfiri

Estar solo, con sensaciones encontradas entre querer salir y querer encerrarse. Llorar sin una razón aparente. Observar la cotidianeidad como si ocurriera en una vida ajena. Esas son algunas de las escenas que atraviesan muchas personas cuando una enfermedad vinculada a la salud mental irrumpe en sus vidas.

No llega de un día para el otro, ni suele anunciarse. Pero, casi siempre, aparece inesperadamente esa conversación con alguien que entiende lo que está pasando porque alguna vez estuvo allí, en ese mismo lugar, transitando esas mismas escenas. Es entonces cuando comienza una travesía de la que nadie sabe con certeza cuándo termina.

Al principio puede sentirse como un alivio. Pedir ayuda, comenzar un tratamiento y ocuparse de uno mismo suele vivirse como un paso importante. Sin embargo, el tiempo pasa. Los avances conviven con las recaídas y aquel camino que parecía relativamente claro termina pareciéndose más a una montaña rusa que a una línea recta.

Y es allí donde aparecen otros protagonistas. Ya no están solamente la persona y su sufrimiento. También está quien acompaña. Quien siempre estuvo dispuesto a escuchar, a contener, a sostener. Pero el paso del tiempo también va llevándose parte de él.

Nos ensimismamos tanto en quien padece que, muchas veces, olvidamos a quien acompaña. A quien también sufre. A quien también padece. No porque su sufrimiento sea el mismo, sino porque acompañar también agota. También cansa, también frustra, también enoja. Y, muchas veces, también deja a las personas sin saber qué hacer.

El tiempo desgasta y ese tiempo se siente eterno; no hay horizonte cierto. Hay idas y vueltas, y eso confunde.

No voy a hablar de lo correcto, porque quizá aquí no exista una única manera correcta de actuar. Cada historia es distinta. Cada persona transita su sufrimiento de un modo diferente. Lo que sí existe es una realidad compartida que pocas veces miramos completa: la de quien padece y la de quien acompaña.

Dos fragilidades distintas, atravesadas por un mismo dolor, aunque no siempre con las mismas palabras.

Quizás porque, en tiempos como los que vivimos, la salud mental dejó de ser solamente una experiencia individual. Cada vez son más las personas que atraviesan algún tipo de sufrimiento psíquico y cada vez son más las familias que aprenden, muchas veces sin herramientas, a convivir con él.

La ansiedad, la depresión, el aumento de los suicidios en adolescentes, la irritabilidad creciente y la dificultad para sostener los vínculos empiezan a dibujar un paisaje que excede las historias personales.

Lo que durante mucho tiempo pensamos como un problema privado comienza a revelar una dimensión mucho más amplia: la salud mental también habla del modo en que una sociedad está viviendo.

Quizás haya llegado el momento de dejar de pensar la salud mental únicamente como un problema individual. Cuando el sufrimiento empieza a repetirse en miles de historias, también comienza a hablar del tiempo que vivimos, de la forma en que nos vinculamos y de la comunidad que estamos siendo.

Y si una comunidad también empieza a mostrar síntomas, ¿quién la acompaña?

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