La dignidad de los pobres por Lic. Noel Chapire.

En los últimos días, Javier Milei volvió a realizar una serie de afirmaciones que, más allá de la discusión económica concreta, deberían llevarnos a pensar qué entiende este gobierno por bienestar, progreso y, sobre todo, por dignidad.

En el marco del aniversario de la Bolsa de Comercio de Rosario, el Presidente negó que exista un problema significativo de endeudamiento de las familias y cuestionó el debate sobre la morosidad. También sostuvo que los argentinos “maduramos como sociedad” y planteó nuevamente una oposición entre las políticas que reivindica su gobierno y aquello que denomina “soluciones populistas”.

Ante los dichos del primer mandatario nos enfrentamos a una situación de preocupación. No solamente por lo que dice sobre determinados indicadores económicos, sino por algo mucho más profundo: la manera en que se construye un discurso en el que la pérdida de capacidad de consumo, el endeudamiento o la imposibilidad de acceder a determinados bienes pueden ser presentados como parte de un proceso de maduración de la sociedad.

La cuestión de fondo, entonces, no es solamente la morosidad.

Es la dignidad.

Y acá aparece algo curioso. La palabra dignidad proviene del latín dignitas, derivada de dignus, que significa “digno” o “merecedor”. Es decir, aquello que corresponde a una persona por su condición y su valor. Entonces cabe preguntarse: ¿por qué los trabajadores y las trabajadoras de un país no deberían ser merecedores de consumir aquello que ese mismo país produce?

¿Por qué una persona que trabaja todos los días debería aceptar que determinados bienes —una buena alimentación, una vivienda digna, vacaciones, ocio, tecnología o incluso comer carne regularmente— son privilegios reservados para otros?

Argentina es históricamente un país vinculado a la producción ganadera y al consumo de carne. No estamos hablando de un producto exótico o de un lujo importado al que solamente unos pocos podrían aspirar. Estamos hablando de una producción central para nuestra economía, nuestra cultura y nuestra identidad alimentaria. La pregunta debería ser, entonces, por qué el trabajador que produce, transporta, comercializa y sostiene buena parte de esa riqueza debería quedar cada vez más lejos de ella.

Y acá es donde las palabras de Milei adquieren una importancia que va mucho más allá de una discusión sobre estadísticas.

Porque si una sociedad tiene trabajadores que deben endeudarse para sostener su consumo cotidiano, familias que recurren al crédito para llegar a fin de mes y salarios que pierden capacidad de compra, la respuesta no puede ser simplemente que debemos “madurar”. 

La pregunta debería ser qué está sucediendo con los ingresos, con los salarios y con la distribución de la riqueza.

La discusión, en el fondo, es una discusión de clase. Y esto incomoda porque obliga a abandonar el discurso abstracto sobre el mérito, el esfuerzo y la libertad para observar quiénes tienen efectivamente la posibilidad de disfrutar de los frutos de una sociedad y quiénes deben conformarse con sobrevivir.

Existe un sector de la población que históricamente no solamente no quiere que los trabajadores se parezcan a ellos, sino que tampoco parece tolerar que puedan alcanzar determinadas condiciones de vida. La cuestión no es solamente económica: también es simbólica.

El feudalismo terminó, entre otras cosas, con el desarrollo de las sociedades modernas y el avance del capitalismo liberal, junto con los privilegios jurídicos de la nobleza y la idea del súbdito que nace para ocupar un determinado lugar en la sociedad. La modernidad capitalista construyó, al menos en su discurso, la idea de individuos formalmente iguales, capaces de progresar mediante su trabajo, su iniciativa y su capacidad.

Entonces, ¿qué sucede cuando un trabajador consigue acceder a aquello que históricamente estuvo reservado para determinados sectores? ¿Qué sucede cuando puede comprar una vivienda, tener un auto, viajar, acceder a tecnología, mandar a sus hijos a estudiar, comer carne regularmente o simplemente disponer de tiempo para descansar?

Ahí aparece una contradicción que considero central.

Porque si realmente creemos en una sociedad capitalista basada en la libertad individual, la propiedad privada, la producción y el esfuerzo, entonces deberíamos celebrar que una persona que trabaja pueda mejorar sus condiciones materiales de vida. No debería resultar ofensivo que un trabajador deje de ser pobre.

Y tampoco debería presentarse como una muestra de inmadurez el hecho de que una familia quiera consumir, viajar, comprar una casa, tener un auto, acceder a tecnología o simplemente comer aquello que le gusta. Por eso me surge una pregunta que puede resultar incómoda:

¿estos sectores son realmente capitalistas o son, en realidad, profundamente oligárquicos?

El capitalismo, al menos en su formulación liberal, no funciona sobre la base de una estructura aristocrática en la que determinadas personas están destinadas a ocupar posiciones superiores por nacimiento. En una sociedad capitalista no debería haber mejores o peores personas en términos éticos o morales por el lugar que ocupan en la estructura social. Hay personas que tienen más o menos recursos, empresas que tienen éxito o fracasan, individuos que acumulan capital y otros que venden su fuerza de trabajo.

Pero parece existir una dificultad cuando el trabajador también logra convertirse en un “triunfador”. Porque el problema no parece ser solamente que alguien tenga dinero. El problema aparece cuando quien tiene dinero no tiene el apellido adecuado, no heredó la empresa, no recibió la tierra de sus padres o no pertenece a una familia tradicionalmente propietaria.

Ahí la meritocracia parece tener límites bastante claros.

 

👉🏻 DEJANOS TU OPINIÓN ACÁ!

 

📲 Enterate de todo en:

🌐 www.roldanyvos.com

 

📡 Seguinos en nuestras redes:

📸 Instagram | 🎮 Twitch | 👍 Facebook | 🐦 Twitter | 🎵 TikTok | 🔴YouTube:

@roldanyvos

 

 📰 Este portal lo hacemos entre todos, para nosotros, tu voz y opinión vale!

AUSPICIANTES

SELECCION DEL EDITOR

NOTICIAS SUELTAS

GALERIA